• Agentes de Cambio

    • Arnold Schoenberg supo canalizar la multitud de fuerzas que confluyeron al final del siglo XIX y el inicio del XX en una propuesta musical vanguardista ya irreversible para la música académica.

    Arnold Schoenberg y la ruptura que gestó la vanguardia musical del siglo XX / 

    El tiempo es esencialmente paradójico: por un lado su naturaleza es indómita, incontenible pero, por otro, humanamente desarrollamos procedimientos para medirlo y solo en apariencia sujetarlo. Los minutos, las horas y los días se suceden ininterrumpidamente y, con todo, establecemos escalas para identificar su paso y creer que podemos controlarlos.

    Sin embargo, sabemos de sobra y por experiencia personal que esta división es solo conceptual. ¿Cómo señalar, por ejemplo, el momento en que tuvimos 6 o 7 años, o 14 o 16? ¿No pasa con las épocas de nuestra vida que se agrupan y se confunden y que es mucho más fácil hablar de nuestra infancia y nuestra juventud y, en todo caso, separar cada una solo mediante sucesos específicos, notables, que señalaron el cambio entre una y otra?

    Y así también con la Historia, ese relato mayúsculo de nuestra especie, esa aventura colectiva que aunque también parece clasificada por años y siglos, su significado auténtico se comprende solo si se atienden “los momentos estelares de la humanidad”, por usar el título de Zweig, esos acontecimientos en que se cristalizó las transformación inevitable de formas de ser y estar en el mundo que de pronto se revelaron caducas, dispuestas ya para convertirse en otras.

    En una lúcida comprensión de este carácter dual del tiempo en su relación con su concepción humana, el reconocido historiador inglés Eric Hobsbawm habló de un siglo XIX “largo” contra un siglo XX “corto”: el primero se extiende según Hobsbawm hasta 1914, el año en que comienza la Primera guerra mundial, mientras que el XX termina en 1989, con la caída del Muro de Berlín.

    Los argumentos para esta singular partición de la historia son de alcance amplio, pero en términos generales pueden resumirse a que quizá como en ningún otra época el quiebre entre dos visiones colectivas de mundo no podría ser más radical. Los valores políticos, culturales, artísticos y de casi cualquier aspecto de la vida social variaron diametralmente entre uno y otro siglos, un cambio que además se suscitó de forma intempestiva. A la quietud, la parsimonia y el conservadurismo del siglo XIX —un carácter que incluso se condensó en el adjetivo “decimonónico”, que hasta la fecha se utiliza como sinónimo de anticuado y pasado de moda— siguió una etapa de trasformaciones profundas, de búsquedas desesperadas por volver a encontrar el sentido existencial extraviado en el horror de las trincheras y las masacres, ahí donde mucho de lo que había construido la conciencia europea quedó destruido.

    Como muchas transiciones, esta también fue un periodo convulso, rico a causa del vaivén y los altibajos propios de un momento en que múltiples potencias intervienen simultáneamente, cada una con sus propiedades y sus contradicciones, sus intereses y sus expectativas.

    Un ejercicio estimulante para acercarnos a este período puede desarrollarse a partir de su música, en particular la de los compositores de la llamada música clásica o académica.

    En efecto: ¿Qué parece más opuesto en este ámbito si no son los acompasados y correctos valses de la familia Strauss contra las atonalidades y las disonancias propuestas por Arnold Schoenberg como nuevos elementos de la composición? ¿No parecen de algún modo irreconciliables piezas como Wein, Weib und Gesang [“Vino, mujeres y canto”] y Verklärte Nacht [“Noche transfigurada”]? Y, con todo, son apenas 30 años los que las separan (la de Johann Strauss II es de 1869, mientras que la de Schoenberg es de 1899).

    Wein, Weib und Gesang en transcripción de Alban Berg, uno de los alumnos más destacados de Schoenberg

     

    Verklärte Nacht: L'Ensemble Intercontemporain, Pierre Boulez

    El método de composición de Arnold Schoenberg se ha definido de diversas maneras en la crítica especializada. Algunos lo llamaron “atonalidad”, otros “sistema dodecafónico” y algunos más “serialismo”. Los conceptos varían porque por muchos años la música del vienés fue poco asequible, así como el sustento teórico que la defendía. De entrada puede decirse que Schoenberg llevó al límite exploraciones tonales y cromáticas que ya habían intentado Wagner, Brahms, Mahler y aun el último Beethoven, una frontera en la cual parecería que el camino ha desaparecido.

    Aunque el término atonalidad disgustaba al propio Schoenberg, hasta cierto punto parece ser el que mejor describe su vanguardismo. A diferencia de la música anterior, las piezas de Schoenberg se caracterizan por carecer de una clave que las domine y a partir de la cual la composición encuentra su propio orden. De ahí la metáfora del camino: mientras que al inicio de una pieza otros como Bach o Mozart ofrecen al escucha la ruta por la cual transitarán, Schoenberg rompió con esta tiranía de la forma y los patrones. Por eso su música suena tan diferente: porque en cierto sentido no se parece a nada, ni siquiera a sí misma, un fenómeno que incluso puede entenderse desde una perspectiva neurocientífica, según lo hace Jonah Lehrer en uno de los ensayos de su Proust Was a Neuroscientist, el que dedica a Stravinski y La consagración de la primavera.

    Una de las características más destacadas de esta revolución es que Schoenberg la emprendió con conciencia plena. Parecerá sorprendente y quizá hasta imposible, pero el genio del músico lo llevó a plantarse con suficiencia en el campo abierto de lo nuevo y lo transformador.

    Asimismo, destaca su faceta como maestro. No son pocos los alumnos suyos que después se convirtieron a su vez en reconocidos compositores, entre ellos Alban Berg, Anton Webern y John Cage (aunque en opinión de Pierre Boulez, el único musicalmente valioso fue Berg). Cage tiene algunas emotivas anécdotas al respecto, en las que Schoenberg aparece como una suerte de maestro socrático o zen que hizo descubrir el conocimiento a sus alumnos por sí mismos.

    La vida y la obra de Schoenberg pueden considerarse un vértice donde confluyen la tradición y la voluntad de cambio, también ese cúmulo de fuerzas que empujan la necesaria renovación de todas las cosas y el cual, en ocasiones, muy raras ocasiones, toma posesión de una sola persona, convirtiéndolo en el motor de cambio de una época entera.

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