• Guerreros y Rebeldes

    • Cada año se dan cita miles de artistas y curiosos para formar parte de una comunidad creativa sin igual.

    Burning Man: una explosion de rebeldía creativa en el desierto / 

    En Black Rock City, ciudad ficticia o improvisada o desmontable por fuego, localizada durante siete días al año en el desierto de Nevada, EUA, en la huella de un lago extinto,  se reúne hace más de 13 años a esperar el Labor Day lo que los propios organizadores denominan una “comunidad experimental de autoexpresión y autosuficiencia”. Esto es muy importante: ellos se definen como comunidad. Ahora, ¿en qué consiste esta comunidad?

    Los cimientos de esta idea pueden rastrearse hasta 1986, en San Francisco, donde surgió una idea similar a la que encontramos en la actualidad. Después se trasladaron al desierto. Larry Harvey, fundador del Burning Man, lo conceptualizaba como un festival dadaísta, en donde se dieran cita artistas para mostrar sus obras, en un período de tiempo y lugar determinados, sin que medien las prácticas usuales de la realidad social establecida --por ejemplo, sin intercambio monetario. Una feria artística itinerante en el tiempo (cada año) y en el espacio (¿pues quién afirmará pisar el mismo desierto dos veces?).

    La idea de “leave no trace” (no dejes rastros), es central en el marco ideológico del festival, ya que la ciudad se instala y son efímeros sus edificios estrafalarios donde la gente escribe y dibuja sus deseos, agradecimientos o pensamientos; al quemar después esa construcción, todo queda como si nada hubiese acontecido. Se dibuja y se borra un mundo que existe solamente mientras se le habita, como el mundo de los sueños. Hay una idea de limpieza, en el sentido ritual, en relación con el respeto por el lugar que les brinda esta oportunidad. Durante siete días se instala una comunidad donde todo parece sacado de un cuadro de Dalí, o de un gran sueño lúcido compartido. La utopía de incidir en la realidad desde la lógica del sueño se realiza efectivamente en Burning Man.

    Art cars, danza biónica, arpas de tierra, edificios sonoros, carros alegóricos, y mucha, muchísima gente. El año pasado 53 mil personas asistieron al rito. Los niveles de las muestras de arte son extraordinarios, y muchos de ellos asisten becados por los organizadores del festival; otros artistas, por supuesto, van por voluntad propia a cambio de un espacio para mostrar lo que hacen. Es una comunidad de artistas reunida a mostrar sus obras en un desierto, de eso se trata. Es también un cuestionamiento del uso del espacio, un poner a prueba otras prácticas de comunicación, generar otro tipo de interacción en relación consciente con el medio. Nadie tira basura, eso es claro, y se comparte lo que se lleva espontáneamente, ya que están retirados a unos 40 kilómetros de la gasolinera más cercana. 

    Por último, el evento es una reducción fenomenológica de la realidad: durante siete días se suspende el cotidiano y se entra en una utopía de artistas bien organizados. Cosa rara. Magia, lo llaman algunos.

    La atmósfera que se vive es de carnaval, de ritual, de comunidad. La gente va con las provisiones adecuadas para la experiencia, la gente es capaz de entrar en otra pauta interactiva. El sábado, último día del festival, Labor Day, queman la escultura inmensa de un Hombre, donde iban todos los registros escritos o dibujados por los asistentes. Lloran. Disfrutan de sus propias prácticas y rituales. Se van. El desierto queda incólume. Molly Steenson, participante y cronista de la última edición de Burning Man, dice: “tú mente es tu propia droga. Trae suficiente comida, agua y cobijo, porque el nuevo planeta es duro, y no encontrarás nada que comprar. Estás aquí para celebrar: el sábado quemaremos al Hombre”.

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