• Territorios Fantásticos

    • Símbolo de pureza y bienestar, el Edén es un lugar que añoramos, aunque sólo lo hayamos conocido en la literatura y en sueños.

    El jardín del Edén: echar de menos lo desconocido / 

    El jardín del Edén es el espacio simbólico de la armonía perfecta, el lugar en el que reina la absoluta felicidad. Es, ni más ni menos, lo que se especula que Dios imaginó como el lugar de creación y el paraíso. Y precisamente por su esencia literaria, la humanidad ha buscado su localización en el mapa (tan elusiva como la de cualquier otro reino puro). El Edén, desde cierta perspectiva, fue localizado en el nacimiento del rio Tigris y Éufrates en el norte de Irak, debido a la siguiente descripción en Génesis 2: "Un río fluía de Edén para regar el jardín, y allí se divide y se convirtió en cuatro ríos". El texto afirma que en el Jardín el  río era dividido en cuatro ramas; presuntamente el Tigris, Éufrates, Guijón y Pisón. También se ha pensado que se encuentra en África o en el Golfo Pérsico. Pero para muchos escritores medievales, la imagen del Edén era más bien una locación para la sexualidad y el amor humano, a menudo asociados con tropos lingüísticos y con el término literario locus amoenus (en latín “lugar idílico”, “lugar ameno”).

    De cualquier manera, el Edén es más nuestro modelo inconsciente por excelencia. Un modelo del cual brotan los jardines del mundo como pequeños pedazos imperfectos del paraíso perdido. Cuando imaginamos el Edén lo vemos como un lugar en el que con sólo levantar una mano podemos tomar una deliciosa fruta, correr desnudos sin frío ni calor y convivir con “todos los animales domésticos y las criaturas voladoras de los cielos y toda bestia salvaje del campo” (Génesis 2 9:15).  Los néctares, los jugos y limos, las flores y el árbol alquímico de la sabiduría estaban a nuestra disposición en aquel prototipo celestial de tiempos más simples. Tiempos donde éramos inocentes y, sobretodo, tiempos donde aún no existía el deseo (raíz madre del sufrimiento humano).

    Las numerosas descripciones de este huerto evocan la más simple de las alegrías hedonistas. Léase el cantar de Salomón, por ejemplo: "Tus plantas son un huerto de granados, con frutos suaves, flores de alheña con nardo". Pero se trata de una felicidad absoluta que no viene de la libertad incondicional (la fruta prohibida define precisamente sus límites) sino de la ausencia de deseo. La serpiente introduce el elemento de deseo, y cuando Eva come la fruta provoca simultáneamente el primer acto libre y la destrucción del paraíso.

    Dentro de su mitología (y aun para muchos creyentes cristianos) el ámbito mágico del paraíso es el lugar de origen y de final: de donde viene el hombre y a donde –si vive de acuerdo a las escrituras—volverá. Pero la opinión de los judíos, menos apegada y más mística (al igual que la del medievo), dice que el Gran Edén existe en una dimensión puramente espiritual y metafórica. Un lugar al que podemos acceder en nuestros días de descanso y comer el fruto de oro. En este sentido el Edén es la utopía del ser humano que añora algo que sólo conoce en sueños –aunque no olvidemos que, tal vez, la vida es sueño. El jardín primordial donde cada árbol, cada flor, cada serpiente y cada fruto son una manifestación de la naturaleza humana.

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