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    • Nueva York ha conquistado desde a Mark Twain, quien sentía que la ciudad era imposiblemente grande hasta Joyce Carol Oates, quien resume el pulso seductor de la gran manzana.

    Escritores famosos confiesan su apasionada relación con Nueva York / 

    De alguna manera todos los escritores se quejan de Nueva York (recordemos los diarios de Anaïs Nin, o el viejo inmenso poema de García Lorca), pero también lo aman; no salen de allí, o no del todo, porque allí está el río que los mueve. Los escritores se quedan en las calles como imantados, hipnotizados por el tumulto eléctrico que los incluye y que los hace sentir que están logrando muchas cosas. Aunque esto, como decía Mark Twain, sea una ilusión del espacio. 

    Pero nada captura más su grumosa esencia como los testimonios privados de escritores, grabados en correspondencias y diarios. Nueva York ha inspirado cientos de obras de arte, pero son las confesiones personales las que lo desnudan y lo revelan como es: un pulso infinito de trayectorias.

    Mark Twain, habla de la escala inmanejable de la gran ciudad:

    El único problema en cuanto a esta ciudad es que es demasiado grande. No puedes lograr nada en tu camino al trabajo, no puedes siquiera ir a visitar a un amigo, sin dedicar un día completo a ello; esto es, lo que la gente que no se levanta temprano llama un día completo. Muchos hombres de negocio solo dan audiencia de once a una; por lo tanto, si pierdes esas horas tu asunto debe transferirse al día siguiente. Ahora, si llegas a tiempo a un lugar, auques sólo te quedes diez o quince minutos, con dificultades llegaras a tu siguiente destino porque tantas cosas y personas distraerán tu atención y tu conversación y tu curiosidad, que los siguientes tres cuartos de hora serán filtrados de ti. Sólo te queda una hora, y mi experiencia es que no puedes ir a ningún lado en Nueva York en una hora. Las distancias son muy largas; debes tener otro día para ello. Si tienes seis cosas que hacer, tendrás que tomarte seis días para hacerlas.

    Italo Calvino es devorado por la organización del tiempo y los eventos sociales:

    Nueva York me ha devorado como una planta carnívora devorando una mosca, he estado viviendo una vida sin aliento por cincuenta días, aquí la vida consiste de una serie de citas hechas con una semana o dos de anticipación: comida, coctel, cena, fiesta, estos conforman las varias etapas del día que te permiten estar constantemente conociendo nuevas personas, hacer planes para comidas, otras cenas, otras fiestas y así ad infinitum. América (o más bien Nueva York, que es algo bastante separado) no es la tierra de lo imprevisto, pero es la tierra de la riqueza de la vida, de los debidas horas de cada día, el país que da la sensación de estar llevando a cabo una cantidad inmensa de actividad, incluso cuando de hecho logras muy poco, el país donde la soledad es imposible (he de haber pasado quizá sólo una noche solo de la cincuenta que he pasado aquí, y eso fue porque la cita que había acordado con una mujer se deshizo: aquí tienes que ordenar tono con anticipación, están comprando boletos de teatro para marzo ahora, y una mujer, incluso si ocurre que es tu mujer en ese momento, tienen que saber con una semana de anticipación las noches que saldrá contigo, de lo contrario sale con alguien más).

    Joyce Carol Oates resume lacónicamente la seducción del motor que es la gran manzana:

    La innegable atracción de esa ciudad: su pulso, atmósfera, gente. (Uno sospecha que NY es difamada por el resto del país por resentimiento. Sólo hay una ciudad en los Estados Unidos y las otras son envidiosas). 

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