• Territorios Fantásticos

    • Una de esas ideas que regresa cíclicamente a la mente de los hombres, como una nostalgia imperecedera de una infancia idílica o de un pasado paradisiaco.

    La Edad de Oro: el eterno retorno del paraíso / 

    A diferencia del positivismo y del cristianismo que conciben la historia como una progresión lineal, numerosas culturas han imaginado el tiempo como un proceso cíclico, basándose en su lectura de los ritmos de la naturaleza. De la misma manera que cada año tiene una primavera, verano, otoño e invierno, es posible concebir ciclos de tiempo más amplio –como el año platónico, los yugas de la India o las baktunes mayas—que obedezcan a un principio cíclico de crecimiento, decadencia, muerte y regeneración.

    Los griegos creían, en el amanecer de su mitografía, que la primera edad del mundo había sido un idilio en el que una raza dorada de hombres había vivido en comunión con los dioses y la naturaleza. Esta era según Hesodo había sido presidida por Cronos (Saturno), un dios que aunque actualmente es representado como un viejo cruel, taciturno y decadente, al parecer en los albores de la historia fue asociado con el color amarillo del oro.  Después de que Zeus y su generación de dioses tomaran el poder se transmitió la versión de que Cronos y los titanes significaban el reino del desorden y la corrupción moral y el mando de la edad de oro fue otorgado a la diosa Astrea, identificada con la Justicia. Pero esta visión de los vencedores parece estar filtrada por una visión del mundo más civilizada en la que la energía erótica primigenia ha sido exorcizada del mapa de realidad. La edad de oro (“aurea aetas”), o edad de Cronos, dicen los antiguos textos, era una época en la que no había necesidad de reglas o leyes y todos actuaban correctamente conforme a su propia naturaleza –no existía la inmoralidad.

    La literatura pastoral europea retomó de los griegos la idea de la edad dorada bajo una región idealizada de Grecia que llamó Arcadia (palabra que alude al origen). En esta utópica tierra, regida por Pan, el dios-fauno, se vivía entre la simpleza y la ambrosía, acogidos por el seno abundante de la naturaleza.

    La transformación cíclica de la historia narra que al pasar a la edad de plata, bronce y hierro, se presenta una degeneración periódica, siguiendo la precesión de los equinoccios – que según la astrología altera el dominio de las influencias celestes.

    No sólo los griegos concibieron el origen como la era de mayor armonía y refinación. En China el afamado “Emperador Amarillo” Huangdi, el primero de su dinastía, es insignia de una especie de época dorada, simbolizada también en el color amarillo –un vínculo que se remonta a los orígenes de la historia entre el oro y el paraíso.

    La concepción de una edad dorada es difícil de reconciliar con la teoría de la evolución –al menos de que se simplifique y se invoque una “feliz ignorancia”, donde lo primitivo sea entendido como un bien en sí mismo y toda cultura una degeneración de un origen más cercano a la divinidad. Sin embargo, la mitología y el esoterismo argumentan la existencia de un tiempo cíclico que en sus remotos horizontes va desvaneciéndose de la memoria de los hombres.  Así continentes perdidos como la Atlántida o regiones espirituales como Shambhala podrían concebirse como parte de la historia. Acaso una historia en la que la memoria de los hombres y los dioses se diluye, partiendo de un mismo lejano surtidor: el paraíso.

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