• Arte y Espiritualidad

    • Las cascadas de Hiroshi Sengu constituyen una guía sobre cómo atravesar el velo.

    Las cascadas etéreas de Hiroshi Sengu  / 

     

    Si las puertas de la percepción se limpiasen,

    todo se revelaría al hombre como es en realidad: infinito.

    William Blake

    La contemplación es un sendero que, de andarlo con honestidad, te conducirá a esa arquetípica travesía que metafóricamente podríamos definir como “cruzar el velo”. En pocas palabras se trata de un acto de liberación, una sublime catarsis ante las ataduras propias de un determinado contexto sociocultural: pequeñas unidades de conciencia subordinadas a convenciones que nos exilian de esa misma demarcación que originalmente intentamos mapear, la realidad.

    Pero si recordamos que la llave es en sí la conciencia sobre la puerta, qué mejor manera de hackear los obstáculos que nos separan de esa efervescencia etérea —esa ligereza angelical del “vivir en el amanecer eterno” referida por Blake— que contemplar la propia muralla.

    Hiroshi Sengu (Tokio, 1958) es uno de los artistas plásticos más reconocidos de las últimas tres décadas. Su arribo a la aristocracia artística se consumó gracias a una serie de obras de gran formato que representan caídas de agua en el momento en que hacen contacto con una superficie. La exquisita sutileza de estas piezas ha suspendido el aliento de miles de espectadores alrededor del mundo. Formadas a partir de flexibles patrones que remiten a la perfección natural, estas cascadas proyectan un celestial velo que si bien sugiere una especie de solemnidad ontológica, también invita a penetrarlo.

    Cabe destacar que el trabajo de Sengu es parte de la tradición Nihonga, escuela artística de base acuosa que ha sido practicada en Japón por más de mil años. Entre las particularidades que la distinguen encontramos el uso de lienzos —ya sea de seda o washi, un tipo especial de papel— y de pigmentos de origen natural, mientras que las texturas se forman a partir de 16 graduaciones distintas de arena. La virtuosa confabulación de estas variables deriva en una elegancia tal que, en caso de no estar en paz con uno mismo, puede tornarse incluso perturbadora.

    Para homenajear su trayectoria, en 2011 se inauguró el Museo Hiroshi Sengu a las afueras de Tokio. El recinto, diseñado por Ryue Nishizawa (Premio Pritzker 2010),  remite a una especie de templo dedicado a la liviandad: jardines interiores, muros de prístina blancura y un manejo de la luz que raya en la perfección. Un espacio de orgánica intimidad donde los visitantes entablan un diálogo vivo con las obras de Sengu, acercándose así a la única fórmula posible para penetrar estos velos: la contemplación.

    Tagged: arte y espiritualidad, hiroshi senju, artes plásticas, arte de japón, cascadas, contemplación Credits: Imágenes: 2 (Friends of the Japanese House and Garden), 3 (Chris Neyen)