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    • Heyerdahl demostró con tenacidad y rigor científico que los mares no eran fronteras para los antiguos pobladores de la Tierra, sino fronteras que les permitían comunicarse a escala global.

    Thor Heyerdahl, el último navegante solar / 

    Una nación civilizada puede no tener enemigos, y uno no puede dibujar una línea sobre un mapa, una línea que ni siquiera existe en la naturaleza y decir que de un lado vive el horrible enemigo, y del otro los buenos amigos.

    Thor Heyerdahl

    Las teorías sobre las migraciones humanas nos revelan una búsqueda siempre renovada por encontrarnos en el pasado, por remontarnos sólo un poco más lejos en el río de los orígenes, navegando a contracorriente contra verdades históricas que algunos rebeldes logran derribar, o simplemente demostrar que un mapa no es el territorio sino una representación de él.

    Los antropólogos habían dado por supuesto el que los pueblos de la Polinesia oceánica habían navegado entre las islas del continente asiático cada vez más rumbo al este, por el Pacífico sur. Pero el desarrollo de la navegación así como su fascinante historia probó que las migraciones humanas y las rutas comerciales a través de los grandes océanos no sólo fueron posibles en la antigüedad, sino que, como dice el explorador noruego Thor Heyerdahl, los antiguos navegantes no veían el mar como una frontera sino como una carretera, no como barrera sino como camino.

    La Polinesia (desde las Filipinas hasta la isla de Pascua) fue el último sector de la Tierra en poblarse, lo cual se comprueba con la escasez de vestigios arqueológicos (como porcelana china, telas, metales o alguna forma de escritura, que demostrase un origen asiático de los polinesios) permite. Heyerdahl, quien vivió durante 10 años en la polinesia como biólogo y antropólogo aficionado, además de haber servido como aviador en la Segunda Guerra Mundial, financió una expedición en balsa que, saliendo del Perú, llegara a alguna isla de la Polinesia, tal vez incluso a Yakarta, utilizando tecnología de las culturas precolombinas y materiales locales.

    El 28 de abril de 1947, un remolcador sacó la barca “Kon-Tiki” (nombrada en honor al dios solar Tiki, que sale de occidente rumbo a oriente cada mañana) al mar, con media docena de navegantes inexpertos y operadores de radio militar, varios cargamentos de sopa, repelente de tiburones para demostrar, replicándola, que las migraciones sudamericanas rumbo a la Polinesia eran una explicación plausible.

    Durante 101 días, el Kon-Tiki siguió la corriente de Humboldt y la ecuatorial del sur, como si se tratara de superautopistas submarinas, atravesando las peligrosas barreras de coral de la isla Raroia en el archipiélago de Tuamotú (4,300 millas náuticas), probando que los peruanos pudieron haber llegado a la Polinesia.

    Heyerdahl escribió la historia de su expedición, que fue traducida a decenas de idiomas, además de un premio Oscar por el documental del viaje. Pero las aventuras de Heyerdahl no terminaron en el Pacífico Sur. El noruego replicó su metodología en dos proyectos más a lo largo de su vida: uno, para atravesar el Atlántico con una balsa de papiro saliendo de África y llegando a las Barbados (con la embarcación Ra I, que perdió piso una semana antes de tocar tierra, sin que la tripulación resultara herida, y el Ra II, como el dios egipcio del sol, que consiguió surcar el Atlántico en 57 días); y la última, atravesar de Mesopotamia (la antigua Iraq) por el Índico hasta Pakistán, para probar que las culturas del valle del Indo pudieron tener comunicación por mar con el subcontinente hindú.

    Pero la contribución de Heyerdahl fue también de tipo político: la tripulación de sus múltiples viajes por mar siempre estuvo compuesta de personas de distintas nacionalidades y procedencias religiosas, pues la vida en la tierra no es muy diferente a la de una gran tripulación sobre un inmenso barco. Que no hay dragones al final del mapa, sino solamente cartógrafos que trazan las fronteras que les dictan los reyes.

    En consecuencia con esta postura, Heyerdahl incendió el bote Tigris (con el que cruzó el Índico) en el puerto de Djibuti, como protesta por las violentas guerras que a finales de los setenta se desarrollaron a cada lado del ;ar Rojo y África.

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